La Orejita Repostería Libre de Azúcar
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  • Mariá Urgellés Ulloa

Adicción al azúcar: La enfermedad del siglo XXI

Gaseosas, panes, postres, salsas, bebidas alcohólicas… Todos estos son alimentos muy frecuentes en nuestra dieta: son muy altos en calorías, se nos antojan mucho y son ricos en azúcares añadidos. La industria alimentaria hace uso de este elemento tan atractivo para el paladar humano: el azúcar, para potenciar el sabor de todos estos productos, provocando a largo plazo una dependencia del ser humano hacia los alimentos procesados.


Azúcar: una pandemia en la sombra

La Organización Mundial de la Salud recomienda como cantidad ideal 25 gramos de azúcar al día, y no sobrepasarse de 50 gramos al día en adultos. A pesar de esto, el consumo en las sociedades actuales sobrepasa ampliamente este límite, ya que por persona en España se consumen 70 gramos de azúcar al día, y en Estados Unidos la cifra es todavía más preocupante, con 126.4 gramos de azúcar al día. (Pablos, 2016). 

Dentro de estas medidas, sólo se incluyen los azúcares libres, los cuales se refieren a los añadidos de forma artificial durante el procesado de los alimentos. Los azúcares naturales, como los de la fruta, no constituyen un grave peligro.


Los efectos de un consumo irresponsable de azúcar

Los efectos de este elevado consumo de azúcares procesados, no se traducen a una simple carie, sino que van mucho más allá. Mientras que en los países en vías de desarrollo la principal causa de muerte son las enfermedades infecciosas, en los países desarrollados la gran mayoría de defunciones se deben a enfermedades no transmisibles. Entre estas, la gran mayoría se ven empeoradas por el estilo de vida y la alimentación de cada persona, como las enfermedades cardiovasculares y las metabólicas (como la diabetes, la obesidad, la aterosclerosis, la hipertensión, etc). La ingesta de los alimentos altos en azúcares procesados y, por consiguiente, la acumulación excesiva de grasas en el organismo, provocan que se agraven estas enfermedades (Álvarez-Campillo, 2009).

Ante esta epidemia de adicción al azúcar, países como el Reino Unido plantean gravar el consumo de refrescos azucarados con impuestos de hasta el 20%. Otros países, como Hungría, establecen esta tasa en función de la cantidad de azúcar, grasa y sal que contenga el alimento. Esta medida provocó que muchos fabricantes redujeran estos ingredientes para evitar pagar más impuestos, generando como consecuencia cambios positivos en la dieta de los consumidores (Galindo, 2016).


Si sabe tan bien, ¿por qué nos cae tan mal?

En su libro El mono obeso (2010), José Enrique Campillo Álvarez responde a esta pregunta desde el punto de vista de la medicina darwiniana. Este enfoque médico, también denominado medicina evolucionista, estudia las enfermedades desde el contexto de la evolución biológica. Partiendo de que el “diseño” actual del ser humano es el resultado de millones de años de evolución y variación genética, la enfermedad tendría lugar cuando este no se adapta a las demandas del ambiente.

Nuestros ancestros evolucionaron en contextos en los que la escasez de alimentos era una situación de todos los días, y para poder conseguir alimentos tenían que hacer mucho ejercicio físico. Esta situación, que se dio por millones de años, provocó que, a través de la selección natural, sobrevivieran aquellos individuos que contaban con las adaptaciones genéticas necesarias para aprovechar al máximo períodos de abundancia y resistir a los de escasez. Entre estas adaptaciones, se encuentran aquellas que favorecen procesos metabólicos que ayudan a la acumulación de grasas tras alimentarnos. También las que favorecen que se mantengan estos depósitos de lípidos cuando escasea la comida.


La abundancia de alimento, el primer paso hacia la desnaturalización

Todo esto cambió desde el desarrollo de la agricultura y la ganadería hace, aproximadamente, 15.000 años. En contraste a lo que ocurría con la escasez que sufrieron nuestros ancestros, con el desarrollo de estas tecnologías se dio una abundancia que no había sido vista desde nuestros ancestros, los cuales vivían en frondosas selvas, llenas de frutos al alcance de su mano.

Hoy, sin gastar apenas energía, podemos ingerir grandes cantidades de alimento. Este es el escenario idóneo para que aparezca la adicción al azúcar, porque su disponibilidad ha aumentado, pero no ha ocurrido lo mismo con nuestro diseño biológico.

Según afirma Campillo parece ser que, pese a lo que sostiene el dicho popular, no somos lo que comemos, sino que más bien somos un producto de lo que nuestros antepasados comieron. Tras las últimas investigaciones científicas, se sospecha que el cuerpo humano necesita de cierta cantidad de ejercicio físico para alcanzar un funcionamiento normal y mantener un equilibrio homeostático.


¿Cuáles son las enfermedades de la opulencia?

La obesidad, la diabetes tipo 2, la hipertensión, la dislipemia y la aterosclerosis suelen ir de la mano, por lo que a este conjunto de enfermedades se lo ha enmarcado dentro del denominado Síndrome Metabólico, vinculado a la adicción al azúcar. Éste síndrome suele provocar a su vez, enfermedades cardiovasculares.

Una dieta con una ingesta muy alta en calorías y desequilibrada, de la mano con una vida sedentaria, podría dar lugar a una progresiva acumulación de grasa. Tras ingerir alimentos que contienen azúcares, estos se metabolizan y se transforman en glucosa, que debería ser distribuida por el organismo. Cuando existe un exceso de glucosa que no es utilizada, esta se transforma en grasa en el tejido adiposo. Esta acumulación se puede tornar en excesiva en la zona de la barriga, siendo esta obesidad central un factor de riesgo importante para el desarrollo de enfermedades cardiovasculares.

La diabetes tipo 2 suele estar asociada a la obesidad y a un estilo de vida sedentario. Provoca un déficit en la asimilación de azúcares en el organismo, lo que da lugar a que la glucosa se acumule en la sangre (hiperglucemia) y no pueda ser usada como fuente de energía. La insulina, generada por el páncreas, es la encargada facilitar que la glucosa entre en las células. Las personas con diabetes tipo 2 desarrollan resistencia a la insulina, provocando esta situación esos problemas. En los últimos tiempos, está aumentando su incidencia en niños y adolescentes debido al abuso de dulces y panes de todo tipo. El número de afectados crecerá hasta los 300 millones en 2025, por lo que hay que cambiar ya los hábitos alimenticios.

En la aterosclerosis, las excesivas grasas perjudiciales forman placas en las arterias. Al llegar a un punto de acumulación en el que la sangre ya no puede circular, se produciría un infarto (si sucede en las arterias del corazón) o un ictus (en una arteria del cerebro), dando lugar a la muerte del tejido que se ve afectado al no recibir sangre.

Por último, la hipertensión también afectaría a personas adultas y sería otro factor desencadenante de enfermedades cardiovasculares, además de acelerar la aterosclerosis. Sus síntomas visibles pueden no aparecer hasta bien avanzada la enfermedad, cuando la excesiva presión de la sangre sobrecargara tanto las arterias que da lugar a la rotura de una de estas.


Prevenir el Síndrome Metabólico

Para ninguna persona es agradable la perspectiva de sufrir estos padecimientos y, a pesar de ello, la gran mayoría de la población no hace nada al respecto para evitarlo. Una educación alimentaria y una concientización sobre estos temas por parte de las autoridades sanitarias podría ayudar a frenar, en cierta medida, esta epidemia provocada por las enfermedades de las sociedades actuales.

En cuanto a las pautas alimentarias, los médicos recomiendan reducir la cantidad diaria actual de calorías ingeridas, reducir la ingesta de hidratos de carbono rápidos (dulces), aumentar el consumo de alimentos que contengan fibra y reducir el de aquellos con grasas saturadas y grasas trans. Hay de ponerle mucha atención a los alimentos que contengan químicos que puedan ser tóxicos o contaminantes (que estén super-procesados). Respecto al ejercicio físico, se recomienda hacer mínimo 150 minutos de ejercicio a la semana. Otra manera de medir un buen ejercicio diario, si cuenta con un dispositivos de medir pasos, sería hacer 12.000 pasos diarios.

A pesar de la tentación a corto plazo que provocan los alimentos que nos rodean, una mirada hacia el futuro y una buena base de información debe ayudarnos a evitar determinados excesos innecesarios para así, en el futuro, garantizarnos una buen calidad de vida.


Fuente: https://psicologiaymente.com

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